miércoles, 19 de diciembre de 2007

CRONOPIOS, 30 de Octubre, 2007. ¿El último?

IGNACIO RAMÍREZ
CRONOPIO
(Bogotá, 1944 - Bogotá, Diciembre 19, 2007, de madrugada - "Aún hay más ...")

Martes 30 de octubre de 2007 — http://cronopiosdiariovirtual.blogspot.com/
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Hugo Ruiz

A propósito de la publicación en Cronopios del más reciente capítulo de la serie Hombres y mujeres de palabra, donde recordamos la importante tarea literaria del escritor Hugo Ruiz (el domingo anterior), el escritor Carlos Orlando Pardo afirma que “La Casa sí existe y ahora se llama Los días en blanco, terminada definitivamente hace pocas semanas". Carlos Orlando envía demás el texto que publicamos a continuación.

LOS DIAS EN BLANCO
SIN HUGO RUIZ
Carlos Orlando Pardo
Escritor colombiano


Nada más aleccionador que el ejemplo del escritor Hugo Ruiz frente a las noticias dadas por los médicos sobre la proximidad de su muerte. Recibió el anuncio de los especialistas en cáncer con una tranquilidad pasmosa como si alguien le dijera de un dolor pasajero y no se ha arrepentido ni un minuto de haber fumado incansable por más de medio siglo porque había disfrutado con sus cigarrillos hasta la saciedad. Tampoco se le ha hecho difícil abandonar de un momento a otro su consentida actitud con el alcohol en una bohemia permanente debido a la radio y a la quimioterapia, ni le fue traumático el diagnóstico final cuando le advirtieron de la necesidad de cortarle la lengua. Asumió que podría durar más largo tiempo al especulado por los médicos y que sólo deseaba darle otros retoques a la novela que le duró por más de 30 años, escribir una segunda para la saga soñada de la trilogía y dedicarse a releer a los de su generación que veía opacada cuando allí podían rescatarse no pocas novelas de mérito.

Cuando supimos por él no sin cierto humor negro que había cambiado de pronto de signo en el horóscopo porque ya no era capricornio sino cáncer, no sólo quedamos realmente disminuidos sino en el fondo con una estremecedora desazón y desconsuelo. Al otro día, al atardecer, lo vi en la pizzería con los ojos perdidos en el parque, una cerveza recién empezada sobre su mesa y el eterno cigarrillo en los labios. Al acercarme me pareció que no miraba a ningún sitio y que estaba disipado en el territorio de su pasado o en la búsqueda angustiosa de un futuro incierto, pero no se trataba de ninguna de las dos. Me dijo invitándome a la mesa con una sonrisa complaciente que acababa de encontrar la imagen para redondear un personaje, el hijo del cochero, en su tan largamente esperada novela a la que entregó devoto y por períodos largos pero no continuos por lo menos tres décadas. Por una u otra disculpa con argumentos parecidos se dio a la tarea de la perfección, al miedo de verla terminada para no deshabitarse, al temor que seguro le despertaría la indiferencia o de manera simple porque le daba la gana de pasársela en esas. Lo realmente proverbial ha estado en su ánimo nunca flaqueante como si le acabaran de anunciar un resfriado y con un nada forzado optimismo de saberse vencedor en cuatro o cinco meses frente a la noticia del patólogo. Por Álvaro, su hermano médico, nos enteramos en las conversaciones diarias que ese es más o menos el tiempo que tiene para su fecha de vencimiento en esta tierra.

Una generación recortada

Con Hugo, poco antes de la noticia y aún después de ella, conversamos sobre cómo había empezado a encogerse la generación que llegara después de García Márquez por la muerte de Roberto, su hermano escritor, Eutiquio Leal, Humberto Tafur, Arturo Alape, Jairo Mercado, Eligio García, Miguel de Francisco, Darío Ortiz, Marvel Moreno, Eduardo López Jaramillo, Moreno Durán, César Pérez (mucho más joven), Germán Espinosa y de tantos otros que se encontraban en un proceso de enfermedad con pronóstico seriamente reservado. Lo claro de ahí en adelante ha sido verlo enflaqueciendo, comer todo licuado cuando en el reciente pasado nacía la imagen de su gran apetito y escucharlo conversar sin entenderle mucho a pesar del esfuerzo para traducirlo. Después, como si quisiéramos alargar inútilmente las semanas, la crónica de una muerte anunciada parece estar llegando a su fin. Cruzando los 65 años ha ejercido el periodismo en prensa, radio y televisión y fueron bien surtidas sus reseñas, comentarios y críticas en diarios y revistas desde cuando comenzara en los diarios El Tiempo, El Espectador y El Siglo a partir de 1959.

Durante esos 48 años fue incluido en antologías de cuento en el país, en España, en el Uruguay y en Alemania y muchas las conferencias dictadas en universidades, sus traducciones al francés o al italiano y decenas de libros leídos para editoriales en España, concretamente en Barcelona donde vivió pocos años. Ahí quedan para sobrevivirle honrosamente sus tres libros como el testimonio de quien se dedicó más a leer que a escribir, generando un lúcido volumen de ensayos, Textos para conciliar el sueño, un más que decoroso libro de cuentos, Un pequeño café al bajar la calle y su más que destacable novela inédita Los días en blanco totalmente terminada. Y el maravilloso e incancelable recuerdo de una larga hermandad compartida entre su disciplinado amor a los libros, la bohemia, los viajes y el trabajo a lo largo de cuatro décadas intensas. Y el malestar que no cesa, la nostalgia que crece y la evocación de su frase de alguien afirmando que morir es simplemente dejar de ser visto. Porque por lo demás sigue latente como si apenas una temporada lo fuéramos a tener lejos mientras que de la manera más inadvertida logremos alcanzarlo
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Cronopios con Jota
Poeta caníbal
Jotamario Arbeláez


En México, país de adopción de Fernando Vallejo –desde cuando declaró que se iba porque Colombia era un país de asesinos- ha sido capturado un criminal sexual antropófago y, como si fuera poco, poeta, a quien se ha señalado como “el poeta caníbal”. Su nombre es José Luis Calva Zepeda, tiene 40 años y residencia a pocas cuadras de donde vive, con su amante esposo, el renombrado escritor colombiano *.

Según los astutos sabuesos del país azteca, Calva fue sorprendido en su departamento de la calle Mosqueta, en el centro de la ciudad, en momentos en que freía en una sartén un brazo que fue identificado como de su novia desaparecida Alejandra Galeana Garavito. Se encontró también una pierna en el refrigerador, el tronco en un armario y huesos pelados en una caja de cereal.

Se le acusa, pues, de asesinar, cocinar y merendarse a su chula chamaca. Y están tras la pista de otras dos anteriores, que habrían caído también en sus fauces. Las habría seducido a punta de poemas, correos y rosas. Por ello había logrado fama de galán en el barrio.

Como trató de escapar tirándose del segundo piso y abajo lo arrolló un carro, declaró hecho un ecce homo que era escritor, poeta y dramaturgo. Pero no se le imputó el sobrenombre de “escritor piraña” o “dramaturgo caribe”, sino el de “poeta caníbal”. Porque es -en la aberración criminal- uno de los pocos casos en que la poesía vende más. El hecho de haber utilizado el poema como una de las armas de sus homicidios no se considera ni un agravante ni un atenuante en el delito. En cambio sí lo hunde el uso de la segueta eléctrica –hermana menor de la motosierra- , que habría sido su fijación por muchos años, como sucede con sicópatas de otras latitudes. También el que practicara la brujería, que gustara de ver filmes pornográficos zoofílicos, que fuera admirador de Hannibal Lecter, que se considerara discípulo del Marqués de Sade y que todo esto lo revolviera con cocaína.

A pesar de su fama donjuanesca, se ha precisado que tenía un compañero sexual, Juan Carlos Monroy, quien habría sido su cómplice en uno de los delitos anteriores. Se sospecha que el prófugo tal vez esté refugiado en el vecindario. Aquí es donde entra la mariquería, como en otros casos de este calibre. El “poeta caníbal”, declaró haber “sentido una enorme frustración por no haber podido ser madre.” Y eso, según el psicólogo, sería el origen de su parafilia.

Su pobrecita mamá se ha negado a prestar declaraciones alegando que es discapacitada. En efecto, fue amputada de las dos piernas. Aunque tampoco es para que la sutileza sabuesa pueda llegar a olfatear que, consciente de la aberración de su vástago y para prevenir que acudiera al asesinato ritual, sacrificó sus extremidades al anormal apetito de su consentido.

En mis conferencias poéticas he declarado que el poeta que apela a la universalidad y prestigio del poema para hacer un levante es un aprovechado, un incapaz de lograrlo por sus propios medios. Y a las mujeres en general las prevengo de caer ante tan mendaz subterfugio.

Del libro inédito Instintos caníbales, tomo la siguiente estrofa de nuestro héroe: “Aprieta mi garganta dulcemente con tu cuerpo, / con tu aliento o con un beso. / Y recuérdame que te recuerde... / cuando te hayas muerto.”

Una mujer que se deje seducir con semejantes poemas, merece que se la coman.

Quien ahora ha vuelto al país con el nabo entre las piernas a pedir cacao, solicitando que le devuelvan su nacionalidad porque no puede dejar de ver a sus muchachos de Medellín, aunque yo creo más bien que está escandalizado de su vecindario. Pero no es por patrioterismo ni por homofobia que muchos colombianos mamados de su berrinche, incluso admiradores de su literatura, no lo queremos ver más por aquí en persona.
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Domingo 14 de octubre de 2007 — http://cronopiosdiariovirtual.blogspot.com
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Hombres y mujeres de palabra

Que la dicha sea verdad

Es cierto: nuestro gran escritor Germán Espinosa está enfermo, grave, aunque lucha con estoicismo y dignidad cada instante de la vida. En esta serie donde presentamos a nuestros más importantes autores de todas las generaciones, hoy acudimos a la lectura crítica de sus memorias La verdad sea dicha, homenaje crudo y sincero al maestro de Cartagena.

Por Ignacio Ramírez
cronopios@cable.net.co

Cuando había leído 205 y media páginas de La verdad sea dicha, el libro de memorias de Germán Espinosa, encontré una frase que me dejó perplejo y me hizo devolver y releer ese recuento de recuerdos esenciales del escritor de La tejedora de coronas.

“Un autor no puede denotar jamás su amargura”, dice bien claro en la página 206 de las memorias. Y yo, escueto lector, había llegado más allá de la mitad del libro de Espinosa con la sensación de cierto sabor agrio que me dejaba el compartir con el autor el sentimiento de injusticia que transmitía su permanente queja por la falta de crítica objetiva y la persecución absurda y tajante decretada a sus obras por detractores que uno siente bullir a medida que avanza en la lectura.

Respeto y admiro al maestro Espinosa, con quien no he tenido oportunidad de cercanía porque hace ya 20 años, cuando con Olga Cristina Turriago preparábamos nuestro libro Hombres de Palabra (reportajes con 30 escritores colombianos) nos fue imposible conseguirlo para entrevistarlo, y aunque lo lamentamos públicamente y prometimos que sería el primero de la lista para un proyectado segundo volumen, tal propósito no pudo convertirse en realidad por las razones de pesos que todo mundo sabe que se atraviesan en nuestro país cuando el trabajo de publicar corre por cuenta del bolsillo propio.

Aunque la promesa se mantiene, eso, quizás (lo he pensado siempre) le molestó a Germán, quien desde entonces se mostró distante y silencioso. Acaso por lo mismo, el día del lanzamiento de su libro de memorias, que compré en rebaja por la suma de 40 mil pesos, lo noté en aprietos cuando le pedí que me firmara el ejemplar. Tras unos minutos de dubitación notable, me escribió: “Para Ignacio Ramírez, cordialmente”, dedicatoria que guardaré con aprecio por irónica y cruda, aunque simpática.

De tal manera que leer La verdad sea dicha ha sido para mí la mejor oportunidad de diálogo con el autor. No me arrepiento porque valió la pena la semana entera dedicada al mismo: Germán Espinosa cuenta su vida, por escrito. Yo, pienso o comento. Derechos de lector.

De ahí que el consejo de evitar la amargura me hiciera devolver a constatar si yo estaba equivocado. Y sí, quizás no sea amargura sino pasión de escritor lo que hierve en estas páginas donde de principio a fin Espinosa fluctúa entre quejas y denuncias, sentimientos y resentimientos, porque se siente vetado y perseguido todo el tiempo, pero, a la vez, en ocasiones habla bien de sus perseguidores y a fin de cuentas la sensación que queda en el alma del lector es esa: este es un libro donde campea a sus anchas la pasión por el oficio de escribir. Y ¿No es esa, entonces, la causa suprema de un escritor que recuerda el paso del tiempo en su condición de hombre de palabra?

Ángel de la guarda, mi dulce Josefina
Las lectoras de La verdad sea dicha van a adorar a Germán Espinosa porque entre la polivalencia de temas, atmósferas e imágenes de sus memorias, hay una que parece la columna vertebral del libro y es su permanente declaración de amor a su esposa Josefina, quien, cuando la conoció, “poseía una belleza natural, sin artificios, como una rosa de agua” y de quien, transcurridos todos los años de su compañía, asegura que sin ella, “sin su constante y a veces heroico estímulo, jamás habría emprendido, por ejemplo, la tarea abrumadora –aunque casi nadie, fuera de quienes la acometemos, la entienda así— de escribir una novela”.

De ella habla con gratitud y ternura recordando los más bellos momentos de su vida, con admiración cuando hace referencia a su condición de pintora, con estremecimiento cuando evoca cómo fue el primer encuentro: “Yo palidecí y ella de pronto me quedó mirando, como si, de pronto, rebrotara en su mente una memoria antigua”. Con celo cándido cuando recuerda cómo la piropeaban los rotos en Chile. Con el amor en la cabeza y en el corazón y en las manos y en los labios, cuando recuerda que la poesía obró cual redentora de su espíritu agobiado por las “agresiones mendaces”que muchos, aún algunos a quienes consideraba sus amigos, emprendían en contra de su obra y a veces hasta con violencia física. Dice entonces: “Fue la poesía la que me redimió de todo ello. Y, por supuesto, el amor de Josefina, que era la fuente de esa poesía”. Eso es amor... (“Polvo seré/ mas polvo enamorado”).

El León del Automático
Otro personaje vibrante en estas páginas vehementes es el excéntrico y lúdico y polémico poeta León de Greiff, habitante perpetuo del viejo Café Automático, donde se cocieron las mejores y las peores sopas de letras de la última mitad del siglo que ya pasó.

Impactante y memorable fue el primer frente a frente de Germán con León, a quien el memorioso recuerda como un hombre imponente, de barba y cabello rubios, “mirada azul, buida, profunda, como si sus ojos fueran palpos que tocaran los objetos”.

Desde entonces, el poeta que también fue entre muchos otros heterónimos Leo le gris, Beremundo el lelo, Nabucodonosor el tartamudo y vikingo armado de los prodigios y la pirueta mágica de la palabra, recorre las páginas del libro a veces como un rey, otras cual héroe legendario, siempre un pequeño Dios de carne y hueso –humano, en todo caso— quien no se priva de ínfulas ni de trifulcas ni mucho menos escarceos libidinosos, como Germán recuerda de la noche memorable en que --cuando el fallecido escritor tolimense Roberto Ruiz Rojas y su esposa Olga Galeano ardían en plena luna de miel--, el díscolo León la acosó de tal manera que la dama no tuvo otro recurso que irse de la fiesta, dormir en un hotel y esperar al sosiego enguayabado del León del acoso, de quien también nos enteramos que detestaba a Eduardo Carranza, “acaso por su filiación fascista”. El León, al final, saca también las garras y arremete contra el autor de las memorias, azuzado por el caricaturista Hernando Turriago (Chapete) por dimes y diretes en tiempos de pelea entre López Michelsen y Enrique Caballero Escovar, a quien Espinosa dio tremenda zumba (en defensa del entonces compañero líder) en su libro Anatomía de un traidor, publicado en 1973.

La verdad sea dicha como la cuenta el contador: “Lo que más me dolió, sin embargo, fue que León de Greiff, haciéndose eco de la falsedad inventada por Turriago, me retirara para siempre su amistad y se convirtiera, hasta el mismo día de su fallecimiento, en mi enemigo intransigente, al extremo de lanzarme agravios en público”. Comprobado: los leones, cuando no rugen, rajan.

Veneno
Son muchas, muchísimas las sorpresas que encontramos en el libro de memorias de Espinosa, quien al parecer las escribió sin parar, según contó en un reportaje de prensa. Al fin y al cabo se trata de un libro gordo, de 460 páginas, con unas fotos excelentes, al final, para oxigenar el torrentoso monólogo. En ellas vemos la metamorfosis física que va desde el precioso holandesito de la portada, hasta el adusto y perplejo Germán de la contracarátula, pasando por momentos vitales al lado de personajes intelectuales y políticos y perpetuándose en imágenes familiares memorables como la que escogimos para ilustrar estas palabras de lector atónito.

En interminable relación de relámpagos trascendentales, nos enteramos, por ejemplo y entre muchas otras cosas, que el autobiógrafo aprendió a leer tanto libros como relojes cuando apenas tenía 3 años y sin que nadie le enseñara, tanto, que su familia creyó que se trataba de un milagro. Se proclama creyente en la reencarnación y sabe que no es ni Lope de vega ni Rimbaud, “pero barrunto haber trajinado con el lenguaje escrito en vidas pretéritas”, por lo cual, sin duda, el estilo de su libro está lleno de palabras y giros tan anacrónicos como castizos: predios natíos, discípulos palmarios, caídas súpitas, taifas de criticastros, dragones de vulgata, Laureanos que paladean exquisitas pitanzas, momentos de escandir provocaciones, hijos de Francia asaz generosos y hete que entre ellos... ¡Ah, la palabra! ¡La señora palabra!

¡Ay, de los condenados de la tierra! En La verdad sea dicha, el “guisote de Héctor Sánchez” (respetable autor de muchos libros y merecedor de algunos premios), sale apaleado porque en 1969 ganó el entonces prestigioso Premio Esso con su novela Las Causas supremas, al tiempo que Germán no quedó ni de finalista con Los cortejos del diablo.

Luis Fayad y José Luis Díazgranados, quienes fueron sus buenos amigos, tal como nos lo cuenta en sus relatos, cambian bien pronto: Fayad, autor de la novela Los parientes de Ester, elogiada por Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal y otros críticos prestigiosos de aquellos tiempos, “se daba humos que eran del todo risibles” y hasta tuvo la audacia, en noche plenilunada a la orilla del mar de Santa Marta, de mostrarle a Germán las estrellas del firmamento samario pretendiendo dictarle cátedra astronómica. ¡Tan atrevido!

José Luis, por su parte, igual que otros ingratos amigos de lejanos tiempos “solía hacer escarnio” de Germán por su “aparente incapacidad para hacerme valer como autor” y en últimas le retiraron su amistad.

Veneno y palo llevan, duro, desde el ex Presidente Alberto Lleras Camargo, a quien señala responsable de cuanto mal padece hoy el país, hasta el colombianista gringo Raymond Williams, quien en alguna ocasión no solo lo acusó de no saber escribir sino que le endilgó un plagio que quedó en el aire porque Germán aclara: “Como acostumbro ante todos los ataques, no respondí una palabra”.

Otros que llevan de la ponzoña: Arturo Alape es un “recadero execrable”, Rojas Herazo, un narrador “tan aburrido como esos domingos provincianos descritos por Luis C. López”, Manuel Zapata Olivella todo un manipulador de la literatura para beneficiarse con viajes y prebendas, Virgilio Barco (el ex) un majadero, Juan Gustavo Cobo Borda, un presunto escritor que se ha encargado de perseguirlo y desacreditarlo, sin tregua, hasta los días que hoy corren; Estanislao Zuleta, “inextricable doctor”, Pedro Gómez Valderrama, individuo indeciso e inestable”. ¿De Gabo y otras yerbas del pantano? Mejor léalo usted directamente porque estos son apenas relámpagos mentales de un lector desprevenido y sorprendido.

Y miel
Pero claro que al decir la verdad no todo se respira por la herida. No. El corazón también abre compuertas y el autor proclama devoción y admiración y amistad y cariño por personajes que alguna vez le dieron la mano, le oxigenaron la vida o supieron admirar su literatura.

Sus padres, por supuesto, en primer plano. A él lo llama siempre Don Lázaro. A ella, María Teresa. Y muchos Espinosas: el tío Gregorio, Elena, Alicia, Alfonso, Manuela, Domingo, Diego, cada uno con su historia y su recuerdo.

Y, lo que ya sabíamos: su admiración por el poeta Guillermo Valencia y por el compositor Adolfo Mejía, su gratitud con Álvaro Escallón Villa, a quien califica de un “ser providencial” en su vida; el pintor Omar rayo y su esposa la poeta Águeda Pizarro: él, como “individuo humano, de los más espiritualmente bellos que he conocido a lo largo de mi vida”. De ella recuerda que en una ocasión en que leyó sus versos en el Centro Colombo-Americano, el primero en ponerse en pie para abrazarla, fue el gran gurú del nadaísmo, Gonzalo Arango”. Y de Gonzalo Arango afirma, al verlo por primera vez, que se trata de “un individuo nervioso, pálido, que fuma incesantemente y desea impresionar” y tras hacer un balance de lo poco y casi nada que en materia literaria y en su concepto dejó el nadaísmo, cuenta que, en cambio, tuvo cercanía con el Cachifo Navarro, cuyo “sistema nervioso era como el cordaje de un arpa destemplada. Bebía como un embrujado y en la ebriedad, adoraba escandalizar a las gentes adustas”. Al escritor y profesor César Valencia Solanilla le reconoce y agradece su tesón para difundir su obra y en especial La tejedora de coronas en ámbitos universitarios, lo mismo que a Cristo Rafael Figueroa y a otros que también le han admirado y divulgado. No sé si por olvido o por alguna razón desconocida, en cambio no figura la escritora y crítica Luz Mary Giraldo, quien por su parte ha sido una de las más constantes, entusiastas, seguidoras y analistas de su obra entera.

En fin, este libro es una gran casa de papel llena de personajes habitantes tanto de cuartos en penumbra como de soleados patios (luz y sombra, guerra y paz). Alberto Acosta, Rubayata, Álvaro Sánchez Mallarino, Carlos Arturo Torres, Baldomero Sanín Cano, Vargas Losa, por ejemplo, llevan generalmente recuerdos placenteros y afectuosos.

Y, claro, los amigos de ahora: el escritor Rafael Humberto Moreno-Durán y el poeta Juan Manuel Roca. R.H figura como alguien “para quien no recataban secretos ni las más antiguas vertientes literarias ni las más recónditas corrientes del pensamiento político y filosófico” y a quien, además, entre muchas virtudes de excepción, Germán atribuye que “en el coloquio suele deambular por la cultura universal como alguien lo haría por su parroquia” y quien “personifica como el que más un fulgurante momento de nuestras letras”, entre muchísimas otras cualidades envidiables.

De Juan Manuel afirma que ha sido uno de sus mejores amigos, el mejor poeta de nuestra generación, lírico excepcional, excelente compañero de viajes, lo que se dice un camarada auténtico.

Óscar Collazos aparece como un estupendo narrador; Aníbal Esquivia Velásquez, un gran crítico injustamente olvidado; Mary Bárcenas, una tía política que cocinaba como los serafines; Álvarez Gardeazábal, escritor excelente; Denzil Romero, inolvidable y admirable... en fin, son tantos y tantos personajes que entran y salen por la mansión sin límites de los recuerdos de Germán Espinosa, que necesariamente deben ser visitados y conocidos frente a frente, leyendo La verdad sea dicha de este señor escritor que usa bastón por pura coquetería, que abjuró desde la adolescencia de toda práctica religiosa pero sigue celebrando la nochebuena, que no soporta esos corridos que en la costa llaman vallenatos, que ideó una estrategia para no ser macondiano, que alguna vez probó la marihuana con efectos adversos, a quien los atavíos escandalosos le enferman y, a veces, siente compasión por sus usuarios, que quieren aparecer estrafalarios o exóticos. Un hombre que fue Cónsul de Colombia en Kenya y en Belgrado, que vive en Bogotá, ciudad a la que califica a veces de dura y bondadosa, cuando no de cruel, traicionera y perversa. Tejedor de coronas, cortejador del diablo, jurado de folclóricos concursos de belleza, traductor de libros esotéricos chinos, amante, amador y viudo de Josefina, decidor de verdades, la verdad sea dicha (y que lo que dice de la dicha sea verdad) y a quien dedico estas memorias frescas de la lectura de sus memorias, cordialmente...

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